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LA GOBER mas preocupada por su feria que por huamantla por tercer año

Dicen que Huamantla fue “capital del estado por un día”. Sí, un día entero… porque al parecer dos ya sería abuso. Y mientras las autoridades presumían solemnidad en el Salón de Cabildos, allá afuera la realidad seguía recordando que la Feria de Tlaxcala parece diseñada por un comité experto en tropiezos: precios inflados, palenques aspiracionales y dramas dignos de telenovela barata que ni Televisa se atrevería a producir.

La fiesta “de todos” inicia con boletos que solo pueden comprar… pues “todos”, siempre y cuando “todos” signifique los que traen nómina de funcionario, regidor o vendedor de autos seminuevos con comisiones de oro. Los demás, como siempre, a mirar desde afuera, felices con su “acceso gratuito”, ese eufemismo que quiere decir: “Ven, pero no demasiado cerca”.

Porque en el llamado Teatro del Pueblo—ese escenario que juran es para la gente—descubres que también hay zonas VIP, exclusivas, resguardadas y más caras que un crédito hipotecario. Un teatro del pueblo con área restringida es como una democracia con contraseña: existe, pero no es para todos.

Y si hablamos del palenque… ¡ah, el palenque! Ese monumento al glamour provinciano donde el tequila corre, las peleas brotan y los precios rozan la ciencia ficción. En un lugar donde las mesas “preferentes” cuestan más que un mes de renta, el espectáculo no es el concierto, sino ver si tu cartera sobrevive al cover, al trago y a la propina obligatoria del mesero que te mira como si le debieras la vida.

A eso se suma el personal de seguridad, que ya trae maestría en “agresiones a periodistas”. No importa si llevas acreditación, pase, gafete o una playera que diga “no me peguen, trabajo aquí”. Ellos están entrenados para confundir libertad de prensa con piñata humana. Tradición, dirán algunos.

Pero lo más pintoresco no fue el palenque, ni los ponis diminutos cargando niños como si fueran camiones urbanos. No. El verdadero espectáculo fue la gobernadora… o mejor dicho, su ausencia. Mientras Huamantla celebraba su día grande, ella celebraba otra cosa: la distancia. Una distancia prudente, elegante, casi espiritual entre su ropa fina, sus reuniones internacionales, sus pasarelas gubernamentales… y el polvo huamantleco. Porque claro, ¿para qué pisar la tierra que gobiernas si puedes mandar a alguien de Morelos para representarte? Alguien que no sabe si está en Tecoac, Acapulco o en la fila del aeropuerto, pero igual da el discurso.

Porque Huamantla, para ella, no es capital por un día. Es capital cada vez que conviene en redes sociales. Y para lo demás, están las fotos, los filtros y las reuniones “muy productivas” en destinos lejanos, de esos donde el café se sirve sin tapa y el outfit siempre es de diseñador. Porque para qué venir a “enmugrarse”, como dicen algunos malpensados. Que no se diga que la moda no es prioridad estatal.

Mientras tanto, turistas, ciudadanos y comerciantes siguen enfrentando lo de siempre: fallas en juegos mecánicos, operativos improvisados, precios que suben como si la feria se celebrara en Suiza y no en Tlaxcala, y esa eterna sensación de que la organización corre a cargo de un comité que no sabe si está produciendo una feria, un caos o una metáfora.

Pero tranquilos. Nos dicen que Huamantla es grande, que es símbolo, que es corazón cultural. Y quizá lo es. Pero entre discursos solemnes y ferias accidentadas, uno no puede evitar preguntarse si esa grandeza es real… o solo dura exactamente lo que dura ser “capital por un día”.

Y así, entre palcos VIP, ponis exhaustos, palenques de lujo y gobernadoras que prefieren el glamour internacional, la Feria de Tlaxcala sigue siendo lo que siempre ha sido: un espejo perfecto de sus autoridades. Brillante desde lejos, desastroso de cerca y con un costo que nadie entiende pero todos terminan pagando.


 
 
 

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