LA DEMOCRACIA DE APARADOR
LOS MATACHINES DEL PODER
CHEMA MÉNDEZ
LA DEMOCRACIA DE APARADOR
¡Señoras y señores, buenas noches!
En Tlaxcala ya descubrimos el nuevo significado de la palabra democracia:
Todos pueden opinar… siempre y cuando no arruinen la fotografía.
Porque la gobernadora Lorena Cuéllar volvió a hablarnos de pluralidad, inclusión, respeto a las instituciones y voluntad popular.
¡Qué discurso tan hermoso!
Uno casi se emociona.
Casi.
Porque escuchándola parece que Tlaxcala es Suiza.
Pero uno sale a la calle…
¡y resulta que somos Suiza, pero con tráfico, burocracia y pleitos políticos!
La gobernadora dijo:
“Tlaxcala es plural, incluyente y democrático”.
¡Claro!
Plural para aplaudir.
Incluyente para los cercanos.
Y democrático…
¡siempre que nadie se salga del libreto!
Porque hay algo que el poder nunca termina de entender:
la democracia no es una ceremonia donde todos reciben aplausómetro.
La democracia también es aguantar al ciudadano que dice:
“¡No estoy de acuerdo!”
Y eso parece que duele.
¡Duele más que un impuesto!
Porque una cosa es escuchar:
“¡Viva la gobernadora!”
Y otra muy diferente:
“¡Ya váyase!”
La primera se presume en redes.
La segunda se intenta esconder.
¡Y ahí empieza el numerito!
Durante las celebraciones patrias aparecieron expresiones de rechazo contra Lorena Cuéllar.
Y mientras desde el poder se hablaba de unidad…
abajo había ciudadanos haciendo exactamente lo contrario:
desunirse del discurso oficial.
¡Qué tragedia!
¡El pueblo no leyó el guion!
Pero no se preocupen.
Para eso existen los operadores.
Los funcionarios.
Los acarreados.
Los aplausos organizados.
Y esa maravillosa tradición mexicana de llenar una plaza para demostrar que todos están felices.
¡Aunque algunos estén felices porque ya se van a regresar a su casa!
Y hablando de regresar a casa…
hay otro asunto que llegó para ponerle chile a esta sopa.
Simón Levy apareció con acusaciones extraordinariamente graves contra la gobernadora.
Lavado de dinero.
Trata de personas.
Huachicol.
Testigos protegidos.
Nombres relacionados con investigaciones en Estados Unidos.
¡Caramba!
¡Eso ya no parece columna política!
¡Parece el avance de una serie de Netflix!
Solo falta que aparezca el detective diciendo:
“En el próximo capítulo…”
Pero aquí viene la parte interesante.
Levy acusa.
El gobierno niega.
Y mientras tanto…
la ciudadanía se queda viendo el partido sin saber quién trae el balón.
Porque las acusaciones de Levy son eso:
acusaciones.
No una sentencia.
No una condena.
No una verdad judicial.
Pero tampoco desaparecen porque el gobierno diga:
“Son falsas”.
¡Así de sencillo no funciona la vida pública!
Porque cuando alguien arroja una bomba política de ese tamaño, el poder tiene que responder políticamente.
Y aquí aparece el truco favorito:
matar al mensajero para no hablar del mensaje.
¡Qué clásico!
Si el mensajero tiene cola que le pisen…
¡pues se le pisa!
Y si tiene antecedentes polémicos…
¡se sacan!
Y si tiene enemigos…
¡se presentan!
Y si alguna vez se peleó con medio mundo…
¡se arma expediente!
¡Hasta el kínder del acusado puede terminar en conferencia de prensa!
Pero cuidado.
Que Levy tenga controversias no convierte automáticamente sus acusaciones en verdad.
Y que sus acusaciones no estén acreditadas tampoco convierte automáticamente al gobierno en dueño de la verdad.
Así de incómoda es la realidad.
Y precisamente por eso el poder debería amar la transparencia.
Porque la transparencia es como la luz:
si no hay cucarachas…
¡no hay nada que esconder!
Pero aquí seguimos con la política mexicana:
“Confíen en nosotros”.
¡Ah, bueno!
Como si el ciudadano tuviera que firmar un pagaré de confianza.
No, señores.
El ciudadano pregunta.
El ciudadano observa.
El ciudadano compara.
Y el ciudadano también recuerda.
Y aquí viene la tercera frase de la gobernadora:
“Hay gobernabilidad”.
¡Magnífico!
Pero gobernabilidad no es que nadie proteste.
Gobernabilidad es que puedas gobernar incluso cuando te protestan.
Porque hasta un cementerio tiene gobernabilidad.
¡Y nadie quiere vivir en un cementerio político!
Un gobierno fuerte no necesita que todos lo quieran.
Necesita instituciones que funcionen.
Necesita oposición.
Necesita crítica.
Necesita trabajadores que puedan inconformarse.
Necesita periodistas que puedan preguntar.
Y necesita ciudadanos que puedan decir:
“No estoy de acuerdo”.
Sin que inmediatamente aparezca alguien con cara de funeral preguntando:
“¿Y quién lo mandó?”
¡Pues lo mandó la democracia, campeón!
Ahora bien…
Lorena Cuéllar está entrando en la etapa donde cada decisión pesa más.
Ya no se trata únicamente de administrar.
Se trata de cómo será recordada su administración.
Y ahí comienza el verdadero juicio.
No el de las redes.
No el de los fanáticos.
No el de los enemigos.
El juicio de la historia política.
Y ese juicio no acepta acarreados.
No acepta aplausómetros.
No acepta discursos.
Y tampoco acepta excusas.
Porque cuando termine el gobierno…
los funcionarios se van.
Los asesores desaparecen.
Los fotógrafos guardan las cámaras.
Los operadores cambian de camiseta.
Y el ciudadano…
se queda con la factura.
¡Esa sí nunca pierde!
Por eso resulta curioso escuchar tanta defensa de la pluralidad mientras cualquier desacuerdo parece convertirse en una amenaza.
Resulta curioso escuchar “las diferencias son legítimas” mientras algunos prefieren una ciudadanía perfectamente sincronizada.
Y resulta todavía más curioso hablar de democracia cuando el poder se siente cómodo únicamente rodeado de gente que dice:
“Sí, señora”.
Porque el problema del poder no comienza cuando alguien lo critica.
Comienza cuando nadie se atreve a hacerlo.
Y aquí va el último golpe.
Simón Levy puede equivocarse.
Puede exagerar.
Puede tener intereses.
Puede cargar con sus propias controversias.
Pero la gobernadora tampoco puede convertir cada cuestionamiento en una conspiración y después pedirnos que creamos que todo está perfecto.
Porque la perfección política solamente existe en los comunicados.
En la calle…
hasta los santos tienen expediente.
Así que bienvenida sea la pluralidad.
Bienvenida la crítica.
Bienvenida la oposición.
Bienvenida la protesta.
Y bienvenida también la incomodidad.
Porque un gobierno que nunca se siente incómodo…
probablemente está escuchando demasiado poco.
Y si la gobernadora quiere demostrar que Tlaxcala realmente es plural, incluyente y democrático…
que deje que la gente hable.
Que deje que proteste.
Que deje que critique.
Que deje que pregunte.
Porque gobernar no es conseguir que todos digan:
“¡Qué bonita administración!”
Gobernar es llegar al final…
y poder mirar a la ciudadanía a los ojos.
Sin edición.
Sin filtro.
Sin aplausos grabados.
Y sin teleprompter.
Porque el poder tiene fecha de caducidad.
La memoria ciudadana, no.
Informó Chema Méndez para Objetivo AM 1370 y La Más Peligrosa Radio 1370 AM.


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