EL POBRE DIABLO DE ¡MARROQUÍN, BORRACHÍN DE POCOS HUEVOS!
EL POBRE DIABLO DE ¡MARROQUÍN, BORRACHÍN DE POCOS HUEVOS!
¡Señoras y señores, con ustedes… el circo político de Tlaxcala! 🎪
Porque justo cuando uno creía haber tocado fondo en el absurdo, aparece Javier Marroquín Calderón, secretario de Desarrollo Económico, a recordarnos que el fondo, en política tlaxcalteca, siempre tiene sótano.
El mismo funcionario señalado públicamente por un episodio etílico en un restaurante de Puebla —donde presuntamente protagonizó un altercado en estado de ebriedad— decidió que ya agotó su cupo de vergüenza en cantinas y ahora viene a repartirla en el Congreso. Cambió la cruda por el micrófono, pero el aliento a soberbia sigue intacto.
Resulta que el hombre que no pudo controlarse una copa se sintió con autoridad moral para darle clases a una diputada.
A Miriam Martínez Sánchez, del PAN, prácticamente le dijo "que estudie" y cuestionó que trabaje solo en tiempos electorales.
¡Ay, caray! Qué ternura.
El alumno reprobado de la barra libre, ahora de profesor titular en el aula del Congreso.
Pero la pregunta que no se puede evadir es esta: ¿quién le revisa la tarea al secretario? Porque debatir una iniciativa es una cosa, y usar el micrófono institucional para descalificar personalmente a una legisladora es harina de otro costal —y de otro botellón.
Y no lo decimos solo nosotros: el colectivo Mujeres en Consenso lo acusó de ejercer violencia política en razón de género contra Miriam Martínez, señalando que sus expresiones incurrieron en infantilización, minimización y ridiculización.
¡Qué belleza institucional!
La Secretaría de Desarrollo Económico convertida en la Secretaría de Opiniones Personales de Barra de Cantina.
La iniciativa de Miriam podrá gustar o no. Podrá tener errores. Podrá discutirse y corregirse. ¡Para eso existe el Congreso!
No para que un funcionario que no pudo ni con una copa de más saque el látigo verbal a decidir quién tiene seso y quién no. Y mucho menos cuando ese mismo funcionario cobra su sueldo del bolsillo del pueblo tlaxcalteca.
Y aquí un detalle que conviene no olvidar: Marroquín es originario de Puebla.
Y precisamente la iniciativa de Miriam propone cinco años de residencia efectiva en Tlaxcala para ocupar cargos estratégicos de gobierno.
¡Pues claro que le ardió! El saco, evidentemente, le quedaba a la medida.
Y hablando de sacos ajenos...
Hace unos meses, en esta misma columna de Los Matachines del Poder, ya habíamos exhibido aquella frase que hizo levantar más de una ceja: que Marroquín había hecho más por Tlaxcala que muchos propios tlaxcaltecas.
¡Imagínese semejante cinismo! Llegar de fuera, tropezarse en un restaurante ajeno, y aun así terminar explicándole a los nacidos aquí cuánto les ha hecho el favor de gobernarlos.
Eso no es solo entrar a casa ajena a acomodar los muebles: es entrar tambaleándose y encima cobrar renta.
Y mientras tanto, también han llamado la atención imágenes y apariciones públicas donde Marroquín aparece cercano a la diputada Aurora Villeda, con registros de actividades institucionales compartidas entre ambos.
Y ya sabe cómo funciona la política: cuando hay cercanía, aparecen preguntas. Cuando hay fotografías, aparecen comentarios. Y cuando hay poder de por medio, aparece el sospechosismo.
Aquí no venimos a inventar telenovelas. Venimos a preguntar: ¿existe el mismo criterio para todos, secretario, o el criterio también se sirve como los tragos: a modo?
Porque si a una diputada se le puede llamar ignorante, floja o mandarla a estudiar, entonces habría que preguntar:
¿Dónde quedó el respeto institucional? ¿Dónde quedó la altura política? ¿Dónde quedó la tan cacareada perspectiva de género del gobierno?
¿O esa perspectiva, como el buen juicio del secretario, también se quedó en la barra de aquel restaurante poblano?
Y ahora entra Ángelo Gutiérrez.
Porque aquí no se trata de buscar pleitos a golpes. ¡No! Pero sí de preguntar políticamente: ¿dónde está la defensa pública de su esposa?
Porque si alguien usa expresiones machistas contra tu pareja, lo mínimo que se espera de un dirigente es una postura clara, firme y pública. No una mirada al techo. No hacerse el desentendido. No esconderse detrás del silencio institucional.
Lo traducimos al lenguaje político: falta de carácter para fijar una posición. O, en lenguaje de cantina: se quedó callado como quien no quiere pagar la cuenta.
Así que, señor Marroquín…
Menos cantina política. Menos soberbia de barra. Menos descalificación disfrazada de autoridad.
Y más resultados.
Porque el pueblo tlaxcalteca ya se cansó de que le sirvan gobierno con hielo y le cobren sobriedad que nunca llegó.
Informó Chema Méndez, para Objetivo AM 1370 y Peligrosa Radio 1370 AM.

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